sábado, 30 de julio de 2016
domingo, 24 de julio de 2016
Arboleya
Cuando
viene el carro de Arboleya hay que ponerse contra el viento…
-Mismo.
Sentís el olor antes de verlo…
Era
así. Creo que él no era “muy cuidadoso de su persona”, pero hay que comprender
que ni él, ni él carro, podrían oler bien. “Le pertenecía” al oficio el oler
mal. El carro estaba toldado con bolsones de lana viejos, medio quemados de
remedios de curar ovejas. La grasa lo había como encerado. Y en él ponía todo
lo que compraba, que eran los deshechos de las estancias. Cueros de epidemia,
tajeados o mal curados, garras, descascarreo. Sobrantes de grasa que las peonas
iban echando, colada a colada, en latas pringosas, derrites que ranciaban.
Huesos. Bolsitas de yel para los curanderos…
Él vestía unas bombachas sujetadas
con un cinto, ancho de un jeme, que bajaba desde los riñones al nacimiento del
vientre, con lamparones de grasa y manchas de toda laya. Calzaba alpargatas
tajeadas en el empeine, redondo como una galleta.
Algún curioso, observando la carga,
preguntaba a veces:
-¿Pero dónde colocás eso, Arboleya?
Y él respondía:
-En el pueblo… El pueblo es como el
chancho: aprovecha todo…
-¿Pero en qué?
-Si te digo que los güesos van a parar al azúcar y de las garras hacen “vernís”, te
reirás…
Entraban a conversar y entonces el
curioso aceptaba que el negocio de Arboleya sería sucio, pero era bueno.
***
En un cajoncito ponía lo de vender o
cambiar. Prefería el trueque a la compra-venta. Las cosas de vender se las
proporcionaba el Turco Navidad. Eran cosas para mujeres casi todas.
Prendedores, guardapelos. Polvos y cremas para la cara. Santitos.
En la orilla del pueblo tenía el
rancho y un galpón de latas abiertas para guardar el carro.
En el campo, en verano, acampaba en
cualquier lado. En invierno, en los galpones de las estancias o en el depósito
del almacén de Alves, término de su viaje.
Hasta el día que resolvió cambiar de
recorrido, para no “limpiar” muy seguido a sus proveedores.
Fue cuando llegó por el camino viejo
de Carapé a lo de Rosas, que tenía almacén y “compra de frutos”. Allí encontró
el rastro de Méndez. Dio con él y esto le trajo cambios grandes en su vida.
***
Con
Méndez eran más que amigos. Se consideraban hermanos. Un día, sembrados por la
vida, lejos uno del otro, se perdieron. Ahora, después de veinte años, se
encontraron.
Hijos
de peona los dos. Juntos habían crecido, mientras las madres lomeaban en las
cocinas de las estancias o lavaban en el arroyo. Un día la madre de Arboleya se
fue con un contrabandista y no se supo nunca más de ellos. Él quedó con la
madre de Méndez, hasta que a la pobre la llevaron al camposanto. Méndez fue a
dar con un herrero vasco, más bueno que el pan. De aprendiz, de cocinero y
“hasta de asistente” porque el vasco, una vez al mes, iba al boliche y hasta
que no estaba borracho neto, de caerse al suelo, no dejaba de tomar. Entonces
Méndez, ayudado por el bolichero, lo cargaba en el carrito de pértigo y tocaba
para la herrería.
Arboleya
quedó solo en la estancia. Y como “no era responsable de nadie y nadie de él”,
se fue al pueblo. Hizo de todo. Hasta dar con el negocio que tenía ahora.
Méndez
cambió de pago y ya no se encontraron más. Hasta ahora.
***
Méndez
se había casado. Era dueño de una herrería, una chacrita y padre de un niño.
Estaba afirmado en la vida.
***
Después
del encuentro, empezó una nueva vida para Arboleya.
Llegaba
al almacén, dejaba el carro, se ponía en manos del barbero, levantaba una muda
nueva y vestía un traje de sastrería, que depositaba allí, cuando regresaba. En
invierno se bañaba en un viejo baño de ovejas; en verano partía hacia el
arroyo. Se cambiaba y regresaba que era
“un tendero o un violinista de bien vestido”. Entonces se iba a lo de Méndez.
Pasa allí cinco o seis días.
La
felicidad de Méndez, la amistad caliente que le demostraba, aquellos “hermano”
con que llenaba su conversación, le conmovían. La mujer le había despertado una
ternura que nunca conociera y el “machito”, cuando él llegaba, le seguía por
todos lados como un perro.
-Estando
yo, no tiene ni padre ni madre- decía Arboleya feliz.
Lo
paseaba a caballo, lo sentaba en la falda y le contaba cuentos de animales,
inventaba aventuras y viajes por lugares extraños para entretenerlo. A veces le
llevaba al almacén y lo vestía de pies a cabeza. Una vez le compró un traje de
marinero. Fue cuando le tuvo que explicar lo que era el mar.
-Se
lo expliqué… Y eso que nunca lo había visto… ¡Tava obligao!
Si
le preguntaban por qué no se casaba, respondía:
-¿Pa
qué?
-Pa
tener casa, familia.
-¿Quiere
mejor familia que la de Méndez?
-Bueno,
pero…
-¡Esa
es mi familia! Ella es buenísima. Él es un hombre especial y el niño no le digo
nada… Me caso y a lo mejor me sale una quiebra-frenos y de hijo un pasmao… Pa
mi esa gente es todo…
***
Estaba
al término del viaje, cuando supo que Méndez era muerto hacía días. Fue una
noticia que lo dejó sin habla. Saltó al carro y empezó a castigar los caballos
como un loco. Al anochecer llegó a las casas.
***
Frente
al rancho, vio la mancha negra que formaban la madre y el hijo. La ropa negra,
el silencio y la inmovilidad, les fundían en una sola figura que iba juntándose
con la noche.
Arboleya
bajó del carro, con su olor a grasa rancia, a creolina, su barba de veinte
días, las alpargatas deshechas, los dedos pisando tierra.
Ya
sobre la mujer y el hijo se quedó sin saber qué decir, abrumado por aquellas
presencias que tenían sobre sí la muerte del amigo.
La
mujer se levantó lentamente, le estiró la mano muerta y se puso a llorar
suavemente. El niño se apretaba contra ella, la cara fundida en el merino negro
de la pollera. Luego se dio vuelta hacia la casa.
-Voy
a buscarle el mate – dijo.
Y
ya sobre la puerte:
No
lo hago dentrar porque estoy sola…
Arboleya
se acercó al carro. Se apoyó sobre las varas y se puso a llorar. Tenía la
seguridad de que Méndez, al irse, se había llevado la mujer y el hijo y lo
había dejado solo…
Más
solo que antes, cuando era solo y no lo sabía…
domingo, 17 de julio de 2016
domingo, 3 de julio de 2016
Consigna
número uno: Busca información sobre la vida y obra de Gabriel García
Márquez, selecciona los datos más importantes y realiza una producción escrita
de no más de diez renglones
Consigna
número dos: - Lee el cuento “La siesta del Martes".
-Construye y redacta el argumento.
-Construye y redacta el argumento.
-Busca,en el texto, citas en donde se de información acerca del tiempo y el espacio en que se desarrolla la historia.
-Realiza la caracterización del personaje femenino.
- Explica qué provoca el calor en el lugar al
que llegan la mujer y la niña.
-Busca, en el cuento un recurso literario de los trabajados en clase y explícalo.
•
Consigna
número tres: - Lee el cuento “Un día de estos”,
-Construye y
redacta el argumento.
-Realiza la caracterización del dentista mediante un dibujo que lo represente.
•
Consigna
número cuatro: - Lee el cuento “Espantos de agosto”.
-Realiza
un glosario con las palabras que no
entiendas.
-Construye y redacta el argumento del cuento.
-Lee las siguientes afirmaciones e indica si son
falsas (F) o verdaderas (V). Justifica las falsas.
•
La familia llegó a Arezzo un poco antes del mediodía.
•
La pastora de ovejas le dijo a la familia que el lugar
espantaba.
•
La familia almorzó y cenó en el lugar, pero no se quedó a
dormir.
•
Al igual que el personaje Kassim del cuento “El solitario”,
Ludovico del cuento “Espantos de agosto” mata a una mujer.
•
Miguel Otero Silva le dice a la pareja que el espectro de
Ludovico deambulaba todo el día por el lugar.
•
El castillo poseía tres plantas, el dormitorio de Ludovico
se encontraba en la segunda.
•
Lo que le llama la atención al narrador personaje es el olor
a fresas frescas que había en la cocina del lugar.
•
La pareja despierta en el cuarto de Ludovico.
Consigna
número cinco: - Lee el cuento “Ladrón de sábado”
-Construye el
argumento mediante una secuencia de no más de tres imágenes o mediante una
historieta de no más de tres viñetas.
- ¿Por
qué crees que el cuento lleva el nombre “Ladrón de Sábado”? Explícalo (para ello puedes tener en cuenta la clasificación de
título trabajada en clase).
Consigna
número seis: - Lee el cuento “El ahogado más hermoso del mundo” y elige la o las opciones correctas.
Los niños pensaron que lo que veían en el mar era:
• Una ballena.
•
Una lancha.
•
Un barco enemigo.
•
Un ahogado.
Se compara el peso del ahogado con:
•
El de una vaca.
•
El de un muerto conocido
•
Ninguna de las anteriores.
Al limpiar al ahogado, las mujeres notaron que era:
•
El más viril.
•
El más fuerte.
•
El más alto.
Los problemas que se le prestaron al ahogado fueron:
•
No encontraban una cama lo suficientemente grande para él.
•
No podían peinarlo.
•
No encontraban una mesa sólida para velarlo.
Según el pensamiento de las mujeres, si el ahogado hubiese vivido en el pueblo en su casa hubiera habido:
•
Puertas más anchas, el techo más alto, sillas más fuertes.
•
Sillas más fuertes, el techo más alto, piso más firme.
•
Puertas más anchas, techo más alto, piso más firme.
Al ahogado le pusieron:
•
Lautaro.
•
Estiven.
•
Esteban.
•
Ninguna es correcta.
A la gente del pueblo les dolió devolver huérfano al ahogado
por eso le eligieron:
•
Un padre, una madre, abuelos, primos y tíos.
•
Un padre, una madre, primos y tíos.
•
Un padre, una madre, hermanos, tíos y primos.
•
Ninguna de las anteriores.
Pautas para
la entrega del trabajo:
•
Debe
entregarse escrito a mano, no impreso.
•
Única fecha
de entrega: jueves 14 de julio.
sábado, 4 de junio de 2016
Juan José Morosoli
Soledad
Domínguez llegaba recién de las lagunas cortadas, con la ración para el
caballo. Era su única tarea. Iba allá todos los días a recoger gramilla de
superficie, y hojas de parietaria de los troncos podridos de los sauces, para
darle a su viejo caballo. Era éste un animal sin dientes, bichoco y con los
ojos opacos de nubes lechosas. Pero era también la única cosa viva que tenía
Domínguez, para ocuparse de algo en la vida. Después de alimentarse él, no
tenía nada, absolutamente nada de qué ocuparse. Estas hierbas que Domínguez
traía a su caballo, eran el único alimento que el pobre animal podía comer.
Enflaquecía a ojos vistas y era seguro que no salvaría con vida el invierno que
comenzaba.
Ahora que había terminado con la tarea de racionar el caballo, Domínguez
acercó la silla petisa, de asiento de cuero de vaca, hasta las tunas, se sentó
y empezó el mate dulce. Era el desayuno.
Pero no tenía azúcar. Hacía dos días que desayunaba, almorzaba y cenaba con
mate dulce y el azúcar se había terminado.
Pensó si iría a lo de un sobrino que tenía del otro lado del pueblo a
procurarse algún alimento.
No tenía deseos de ir, porque el sobrino, junto con algún trozo de carne,
gustaba darle consejos. Siempre le decía que parecía mentira que siendo tan
viejo no hubiera aprendido a vivir. Y Domínguez se tenía "que olvidar sus
canas y sujetarse las manos para que no se le estrellaran en los cachetes del
mocoso".
Sí. No deseaba ir. Pero dos días sin comer ablandan el cogote... Tal vez
podía pedir fiado en el boliche nuevo. Pero a lo mejor el bolichero nuevo
estaba avisado por los bolicheros viejos... a los que Domínguez tenía
"marcados y contramarcados". Y no es que fuera mal pagador. Lo que
pasaba es que la pensión era muy chica. Y que cuando él cobraba se olvidaba que
debía y se iba a comprar al centro con la piara en la mano.
Además por tres o cuatro días le gustaba ver vino, queso y dulce en la
mesa.
Fue entonces que oyó el tambor y el clarín del circo. Un payaso jinete en
un elefante andaba por las calles anunciando la función de la noche. Recordó
enseguida que el hijo menor de Umpiérrez había pasado por allí, arrastrando una
bolsa de gatos -una gata parida con seis gatitos- camino del circo.
-¿Qué herejías le andas haciendo a esos bichos? -le preguntó.
-Los llevo al circo... Compran gatos, perros y caballos, para darle de
comer a las fieras...
Domínguez miró al fondo del terreno donde estaba el caballo viejo.
Que el animal estaba cerca del fin no había duda...
-Habrá que enterrarlo, pensó. Sacarlo de allí en una rastra... Pagar por
ese trabajo. . . La policía siempre aparecía en esos casos... El rancho estaba
en la "planta urbana"... Un caballo muerto es un problema bárbaro.. .
Si no estuviera en la planta urbana se muere y se lo comen los cuervos...
Pero... Lo volvió a mirar y lo hallaba cada vez más flaco...
Se paró con la yerba del mate sin mojar todavía. Se acercó al animal. Sobre
los ojos tenía dos pozos como dos nueces... En el hocico empezaba a prosperar
una granazón como una eczema fina y supurante. De noche tosía como un hombre. .
. Algunos días ni las yerbas de la laguna comía... Pensándolo bien, con matarlo
se le hacía un favor... Porque era evidente que se estaba muriendo en pie.. .
Pero morirse porque a uno le llegó la hora, o porque quién sabe quién lo
ordena, es una cosa y que a uno lo maten para darle de comer a los bichos que
hacen prueba, es Otra cosa...
Está bien.
***
El caballo viene hacia él. Siempre hace así. Se queda al lado hasta que él
se vuelve hacia el rancho y entonces lo va empujando cariñosamente con la
cabeza calzada en sus espaldas...
Es lo que hace ahora.
***
De tardecita salió. Ya había resuelto todo.
La resolución era esta: irse al boliche nuevo a pedir fiado. Si el hombre
le fiaba, bien. Si no, iría al circo. ¿Qué iba a hacer?
-Bueno -le dijo al bolichero- yo soy Domínguez, el que vive en el rancho
aquel... Soy pensionista pero todavía no vino el pago... necesito gastar dos o
tres pesos...
Y agregó solemne:
-Si quiere saber cómo cumplo mis compromisos, pregunte en los otros
boliches... Cuido más mi nombre que mi ropa... Y tengo fama de aseao.. .
Sonrió y esperó la respuesta.
Pero el otro también era especial. Le dijo lo siguiente:
-Mire, señor Domínguez, siento mucho no poderle fiar, porque usted se ve
que es bueno derecho, y porque es pensionista además... a mí la gente
pensionista, me gusta mucho. Pero mi capital son cien pesos... Cuando tenga más
capital venga no más... ¿oyó?
Se dio vuelta y se fue.
-Si algún día tengo plata, -se dijo- lo que es a éste no le compro nada...
Se ve que es un desconfiado número uno...
***
Entre aquel olor a pasto, orines y carne podrida estaban las jaulas.
El iba por el corredor a oscuras. Las jaulas estaban a los lados. Se
sentían movimientos y quejidos y ronquidos, pero no se veía nada. Sólo cuando
se paró a hablar con el hombre vio ocho o diez puntos azules, como botones con
luz, que sin duda serían los ojos de los leones o de los tigres.
-Vengo a vender un caballo. Medio grande -dijo.
-¿Gordo?
-No. Viejo... Caballo viejo gordo no hay... Pero es un caballo sano...
-Ocho pesos -contestó el otro. Domínguez preguntó:
-Dígame una cosa: ¿Cuánto vale un cuero?
-¿Usted viene a vender un cuero o un caballo?
-Un caballo.
-Bueno, si quiere lo trae sin cuero... Y ocho pesos... Y hoy, tiene que ser
hoy... Pasado mañana nos vamos...
-¿Ustedes lo van a buscar?
-No, lo trae usted, hoy. Pasado mañana nos vamos.
***
Lo trajo. Venían despacio. Muy despacio. Casi nadie se daba cuenta de que
caminaban. Iban en la oscuridad como otra oscuridad que caminaba.
El caballo le había calzado la cabeza en la espalda, como empujándolo, pero
sin duda para no perderse. . .
Domínguez sentía la cabeza en la espalda como un dolor que le llegaba del
caballo.
Entró. Los bichos parecieron enloquecerse. Sabían que aquello era la
comida.
Lo entregó allí en el corredor lleno de olores ácidos y rugidos.
-¿Cómo lo matan? -preguntó.
-Con eso.
El hombre, con una pequeña linterna señaló un marrón enorme lleno de sangre
y pelos.
-¿Ahora?
-Sí, antes de la función. Los leones son viejos... Matamos el caballo
delante de ellos y no les damos de comer... Cuando entran al circo parecen
leones jóvenes.
Le dio los ocho pesos.
Domínguez empezó a caminar por el corredor a oscuras como borracho.
***
Salió a la noche. Estaba enfermo. Con náuseas.
Entró en el primer boliche, tomó dos o tres cañas y después rumbeó hacia el
mercado. Al fin llegó al rancho.
En medio de la noche sentía los ecos de la banda. Después los rugidos y
aplausos y música otra vez. En el cielo la estrella de luces del circo se
levantaba como un barco detenido.
Era muy tarde. Ahora ya no sentía nada ni estaba la estrella de luces. La
noche se había vaciado de golpe y en ella quedaba solamente él, al lado de las
tunas, con un fuego apagado y un asado que no había comido, esperando que
amaneciera.
No fumaba, no pensaba, no estaba triste, no hacía nada más que estar en la
noche, hasta que se dio cuenta que era una bobada esperar que amaneciera.
No tenía nada que hacer. Ni traer pasto de la laguna.
Ya nunca, nunca, lo que se dice nunca, tendría más nada que hacer.
Nada. Nada.
Entonces se puso a llorar.
viernes, 3 de junio de 2016
Tarea a entregar el día martes 7 de junio:
Lee atentamente el cuento “El hijo” de Horacio Quiroga
y realiza las siguientes actividades
A)Teniendo
en cuenta lo trabajado al inicio de la unidad sobre la biografía de Quiroga,
busca en el texto pasajes que te remitan a la misma y explica por qué los
elegiste.
B)Busca
en el texto y señala las diferentes palabras que se utilizan para referir al
personaje del hijo.
C)Realiza
un esquema donde se presenten las actividades y el recorrido que realiza el
hijo desde que sale de su casa.
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