lunes, 16 de mayo de 2016

      La insolación
    El cachorro Old salió por la puerta y atravesó el patio con paso recto y perezoso. Se detuvo en la linde del pasto, estiró al monte, entrecerrando los ojos, la nariz vibrátil y se sentó tranquilo. Veía la monótona llanura del Chaco, con sus alternativas de campo y monte, monte y campo, sin más
color que el crema del pasto y el negro del monte. Éste cerraba el horizonte, a doscientos metros, por tres lados de la chacra. Hacia el oeste, el campo se ensanchaba y extendía en abra, pero que la ineludible línea sombría enmarcaba a lo lejos. 
    A esa hora temprana, el confín, ofuscante de luz a mediodía, adquiría reposada nitidez. No había una nube ni un soplo de viento. Bajo la calma del cielo plateado, el campo emanaba tónica frescura que traía al alma pensativa, ante la certeza de otro día de seca, melancolías de mejor compensado trabajo.
     Milk, el padre del cachorro, cruzó a su vez el patio y se sentó al lado de aquél, con perezoso quejido de bienestar. Permanecían inmóviles, pues aún no había moscas.
    Old, que miraba hacía rato la vera del monte, observó:
    —La mañana es fresca.
    Milk siguió la mirada del cachorro y quedó con la vista fija, parpadeando
distraído. Después de un momento, dijo:
   —En aquel árbol hay dos halcones.
    Volvieron la vista indiferente a un buey que pasaba, y continuaron mirando
por costumbre las cosas.
    Entretanto, el oriente comenzaba a empurpurarse en abanico, y el horizonte había perdido ya su matinal precisión. Milk cruzó las patas delanteras y sintió leve dolor. Miró sus dedos sin moverse, decidiéndose por fin a olfatearlos. El día anterior se había sacado un pique, y en recuerdo de lo
que había sufrido lamió extensamente el dedo enfermo.
    —No podía caminar –exclamó, en conclusión.
    Old no entendió a qué se refería. Milk agregó:
    —Hay muchos piques.
    Esta vez el cachorro comprendió. Y repuso por su cuenta, después de
largo rato:
    —Hay muchos piques.
    Callaron de nuevo, convencidos.
    El sol salió, y en el primer baño de luz las pavas del monte lanzaron al aire puro el tumultuoso trompeteo de su charanga. Los perros, dorados al sol oblicuo, entornaron los ojos, dulcificando su molicie en beato pestañeo. Poco a poco la pareja aumentó con la llegada de los otros compañeros:
Dick, el taciturno preferido; Prince, cuyo labio superior, partido por un coatí, dejaba ver dos dientes, e Isondú, de nombre indígena. Los cinco foxterriers, tendidos y muertos de bienestar, durmieron.
    Al cabo de una hora irguieron la cabeza; por el lado opuesto del bizarro rancho de dos pisos –el inferior de barro y el alto de madera, con corredores y baranda de chalet– habían sentido los pasos de su dueño que bajaba la escalera. Míster Jones, la toalla al hombro, se detuvo un momento en la esquina del rancho y miró el sol, alto ya. Tenía aún la mirada muerta y el labio pendiente tras su solitaria velada de whisky, más prolongada que las habituales.
    Mientras se lavaba los perros se acercaron y le olfatearon las botas, meneando con pereza el rabo. Como las fieras amaestradas, los perros conocen el menor indicio de borrachera en su amo. Se alejaron con lentitud a echarse de nuevo al sol. Pero el calor creciente les hizo presto abandonar aquél  por la sombra de los corredores.
    El día avanzaba igual a los precedentes de todo ese mes; seco, límpido, con catorce horas de sol calcinante que parecía mantener el cielo en fusión, y que en un instante resquebrajaba la tierra mojada en costras blanquecinas. Míster Jones fue a la chacra, miró el trabajo del día anterior y retornó
al rancho. En toda esa mañana no hizo nada. Almorzó y subió a dormir la siesta.
    Los peones volvieron a las dos a la carpición, no obstante la hora de fuego, pues los yuyos no dejaban el algodonal. Tras ellos fueron los perros, muy amigos del cultivo, desde que el invierno pasado hubieran aprendido a disputar a los halcones los gusanos blancos que levantaba el arado. Cada
uno se echó bajo un algodonero, acompañando con su jadeo los golpes sordos de la azada.
    Entretanto el calor crecía. En el paisaje silencioso y encegueciente de sol, el aire vibraba a todos lados, dañando la vista. La tierra removida exhalaba vaho de horno, que los peones soportaban sobre la cabeza, envuelta hasta las orejas en el flotante pañuelo, con el mutismo de sus trabajos de
chacra. Los perros cambiaban a cada rato de planta, en procura de más fresca sombra. Tendíanse a lo largo, pero la fatiga los obligaba a sentarse sobre las patas traseras para respirar mejor.
    Reverberaba ahora delante de ellos un pequeño páramo de greda que ni siquiera se había intentado arar. Allí, el cachorro vio de pronto a Míster Jones que lo miraba fijamente, sentado sobre un tronco. Old se puso en pie, meneando el rabo. Los otros levantáronse también, pero erizados.
    —¡Es el patrón! –exclamó el cachorro, sorprendido de la actitud de aquéllos.
    —No, no es él –replicó Dick.
    Los cuatro perros estaban juntos gruñendo sordamente, sin apartar los ojos de Míster Jones, que continuaba inmóvil, mirándolos. El cachorro, incrédulo, fue a avanzar, pero Prince le mostró los dientes:
    —No es él, es la Muerte.
    El cachorro se erizó de miedo y retrocedió al grupo.
    —¿Es el patrón muerto? –preguntó ansiosamente. Los otros, sin responderle, rompieron a ladrar con furia, siempre en actitud de miedoso ataque. Sin moverse, Míster Jones se desvaneció en el aire ondulante.
    Al oír los ladridos, los peones habían levantado la vista, sin distinguir nada. Giraron la cabeza para ver si había entrado algún caballo en la chacra, y se doblaron de nuevo.
    Los fox-terriers volvieron al paso al rancho. El cachorro, erizado aún, se adelantaba y retrocedía con cortos trotes nerviosos, y supo de la experiencia de sus compañeros que cuando una cosa va a morir, aparece antes.
    —¿Y cómo saben que ese que vimos no era el patrón vivo? –preguntó.
    —Porque no era él –le respondieron displicentes.
    ¡Luego la Muerte, y con ella el cambio de dueño, las miserias, las patadas,
estaba sobre ellos! Pasaron el resto de la tarde al lado de su patrón,
sombríos y alertas. Al menor ruido gruñían, sin saber adónde. Míster Jones
sentíase satisfecho de su guardiana inquietud.
     Por fin el sol se hundió tras el negro palmar del arroyo, y en la calma de la noche plateada, los perros se estacionaron alrededor del rancho, en cuyo piso alto Míster Jones recomenzaba su velada de whisky. A media noche oyeron sus pasos, luego la doble caída de las botas en el piso de tablas, y la luz se apagó. Los perros, entonces, sintieron más el próximo cambio de dueño, y solos, al pie de la casa dormida, comenzaron a llorar. Lloraban en coro, volcando sus sollozos convulsivos
y secos, como masticados, en un aullido de desolación, que la voz cazadora de Prince sostenía, mientras los otros tomaban el sollozo de nuevo. El cachorro ladraba. La noche avanzaba,
y los cuatro perros de edad, agrupados a la luz de la luna, el hocico extendido e hinchado de lamentos –bien alimentados y acariciados por el dueño que iban a perder– continuaban llorando su doméstica miseria.
    A la mañana siguiente Míster Jones fue él mismo a buscar las mulas y las unció a la carpidora, trabajando hasta las nueve. No estaba satisfecho, sin embargo. Fuera de que la tierra no había sido nunca bien rastreada, las cuchillas no tenían filo, y con el paso rápido de las mulas, la carpidora saltaba. Volvió con ésta y afiló sus rejas; pero un tornillo en que ya al comprar la máquina había notado una falla, se rompió al armarla. Mandó un peón al obraje próximo, recomendándole el caballo,
un buen animal, pero asoleado. Alzó la cabeza al sol fundente de mediodía e insistió en que no galopara un momento. Almorzó enseguida y subió. Los perros, que en la mañana no habían dejado un segundo a su patrón, se quedaron en los corredores.
    La siesta pesaba, agobiada de luz y silencio. Todo el contorno estaba brumoso por las quemazones. Alrededor del rancho la tierra blanquizca  del patio, deslumbraba por el sol a plomo, parecía deformarse en trémulo hervor, que adormecía los ojos parpadeantes de los fox-terriers.
    —No ha aparecido más –dijo Milk.
Old, al oír aparecido, levantó las orejas sobre los ojos. Esta vez el cachorro, incitado por la evocación, se puso en pie y ladró, buscando a qué. Al rato calló con el grupo, entregado a su defensiva cacería de moscas.
    —No vino más –agregó Isondú.
    —Había una lagartija bajo el raigón –recordó por primera vez Prince.
    Una gallina, el pico abierto y las alas apartadas del cuerpo, cruzó el patio incandescente con su pesado trote de calor. Prince la siguió perezosamente con la vista, y saltó de golpe.
    —¡Viene otra vez! –gritó.
    Por el norte del patio avanzaba solo el caballo en que había ido el peón. Los perros se arquearon sobre las patas, ladrando con prudente furia a la Muerte que se acercaba. El animal caminaba con la cabeza baja, aparentemente indeciso sobre el rumbo que iba a seguir. Al pasar frente al rancho
dio unos cuantos pasos en dirección al pozo, y se degradó progresivamente en la cruda luz.
    Míster Jones bajó; no tenía sueño. Disponíase a proseguir el montaje de la carpidora, cuando vio llegar inesperadamente al peón a caballo. A pesar de su orden, tenía que haber galopado para volver a esa hora. Culpólo, con toda su lógica racional, a lo que el otro respondía con evasivas
razones. Apenas libre y concluida su misión, el pobre caballo, en cuyos ijares era imposible contar el latido, tembló agachando la cabeza, y cayó de costado. Míster Jones mandó al peón a la chacra, con el rebenque aún en la mano, para no echarlo si continuaba oyendo sus jesuíticas disculpas.
    Pero los perros estaban contentos. La Muerte, que buscaba a su patrón, se había conformado con el caballo. Sentíanse alegres, libres de preocupación, y en consecuencia disponíanse a ir a la chacra tras el peón, cuando oyeron a Míster Jones que gritaba a éste, lejos ya, pidiéndole
el tornillo. No había tornillo: el almacén estaba cerrado, el encargado dormía, etc. Míster Jones, sin replicar, descolgó su casco y salió él mismo en busca del utensilio. Resistía el sol como un peón, y el paseo era maravilloso contra su mal humor.
    Los perros lo acompañaron, pero se detuvieron a la sombra del primer algarrobo; hacía demasiado calor. Desde allí, firmes en las patas, el ceño contraído y atento, lo veían alejarse. Al fin el temor a la soledad pudo más, y con agobiado trote siguieron tras él.
    Míster Jones obtuvo su tornillo y volvió. Para acortar distancia, desde luego, evitando la polvorienta curva del camino, marchó en línea recta a su chacra. Llegó al riacho y se internó en el pajonal, el diluviano pajonal del Saladito, que ha crecido, secado y retoñado desde que hay paja en el mundo,sin conocer fuego. Las matas, arqueadas en bóveda a la altura del pecho,  se entrelazaban en bloques macizos. La tarea de cruzarlo, seria ya con día fresco, era muy dura a esa hora. Míster Jones lo atravesó, sin embargo, braceando entre la paja restallante y polvorienta por el barro que dejaban las
crecientes, ahogado de fatiga y acres vahos de nitratos.
    Salió por fin y se detuvo en la linde; pero era imposible permanecer quieto bajo ese sol y ese cansancio. Marchó de nuevo. Al calor quemante que crecía sin cesar desde tres días atrás, agregábase ahora el sofocamiento del tiempo descompuesto. El cielo estaba blanco y no se sentía un soplo
de viento. El aire faltaba, con angustia cardíaca que no permitía concluir la respiración.
    Míster Jones se convenció de que había traspasado su límite de resistencia. Desde hacía rato le golpeaba en los oídos el latido de las carótidas. Sentíase en el aire, como si dentro de la cabeza le empujaran el cráneo hacia arriba. Se mareaba mirando el pasto. Apresuró la marcha para acabar con
eso de una vez... y de pronto volvió en sí y se halló en distinto paraje: había caminado media cuadra sin darse cuenta de nada. Miró atrás y la cabeza se le fue en un nuevo vértigo.
    Entretanto, los perros seguían tras él, trotando con toda la lengua de fuera. A veces, asfixiados, deteníanse en las sombras de un espartillo; se sentaban precipitando su jadeo, pero volvían al tormento del sol. Al fin, como la casa estaba ya próxima, apuraron el trote. Fue en ese momento
cuando Old, que iba adelante, vio tras el alambrado de la chacra a Míster Jones, vestido de blanco, que caminaba hacia ellos. El cachorro, con súbito recuerdo, volvió la cabeza a su patrón, y confrontó:
    —¡La Muerte, la Muerte! –aulló.
    Los otros lo habían visto también, y ladraban erizados. Vieron que atravesaba el alambrado, y, un instante creyeron que se iba a equivocar; pero al llegar a cien metros se detuvo, miró el grupo con sus ojos celestes, y marchó adelante.
   —¡Que no camine ligero el patrón! –exclamó Prince.
   —¡Va a tropezar con él! –aullaron todos.
   En efecto, el otro, tras breve hesitación, había avanzado, pero no directamente sobre ellos como antes, sino en línea oblicua y en apariencia errónea, pero que debía llevarlo justo al encuentro de Míster Jones. Los perros comprendieron que esta vez todo concluía, porque su patrón continuaba
caminando a igual paso como un autómata, sin darse cuenta de nada. El otro llegaba ya. Hundieron el rabo y corrieron de costado, aullando. Pasó un segundo, y el encuentro se produjo. Míster Jones se detuvo, giró sobre sí mismo y se desplomó.
    Los peones, que lo vieron caer, lo llevaron aprisa al rancho, pero fue inútil toda el agua; murió sin volver en sí. Míster Moore, su hermano materno, fue de Buenos Aires, estuvo una hora en la chacra y en cuatro días liquidó todo, volviéndose enseguida al sur. Los indios se repartieron los perros que vivieron en adelante flacos y sarnosos, e iban todas las noches con hambriento sigilo a robar espigas de maíz en las chacras ajenas.
             El almohadón de plumas
    Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.
    Durante tres meses –se habían casado en abril– vivieron una dicha especial. 
    Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.
    La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso –frisos, columnas y estatuas de mármol– producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación
de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.
    En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.
    No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por
la cabeza, y Alicia rompió enseguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.
    Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.
     —No sé –le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja–. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada... Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.
    Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin
oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a
su mujer cada vez que caminaba en su dirección. 
    Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos
desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.
    —¡Jordán! ¡Jordán! –clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.
    Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.
    —¡Soy yo, Alicia, soy yo!
    Alicia lo miró con extravío, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.
    Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos. 
    Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente
cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.
    —Pst... –se encogió de hombros desalentado su médico–. Es un caso serio... poco hay que hacer...
    —¡Sólo eso me faltaba! –resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.
    Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas olas de sangre. Tenía
siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aun que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron
en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.
    Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de
Jordán.
    Murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.
    —¡Señor! –llamó a Jordán en voz baja–. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.
    Jordán se acercó rápidamente y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.
    —Parecen picaduras –murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.
    —Levántelo a la luz –le dijo Jordán.
    La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.
    —¿Qué hay? –murmuró con la voz ronca.
    —Pesa mucho –articuló la sirvienta, sin dejar de temblar. 
    Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandós: –sobre el fondo,
entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.
    Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca –su trompa, mejor dicho– a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin duda su desarrollo, pero desde
que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.
    Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.

domingo, 15 de mayo de 2016

 El solitario
    Kassim era un hombre enfermizo, joyero de profesión, bien que no tuviera tienda establecida. Trabajaba para las grandes casas, siendo su especialidad el montaje de piedras preciosas. Pocas manos como las suyas para los engarces delicados.  Con más arranque y habilidad comercial, hubiera sido rico. Pero a los treinta y cinco años proseguía en su pieza, aderezada en taller bajo la ventana.
    Kassim, de cuerpo mezquino, rostro exangüe sombreado por rala barba negra, tenía una mujer hermosa y fuertemente apasionada. La joven, de origen callejero, había aspirado con su hermosura a un más alto enlace. Esperó hasta los veinte años, provocando a los hombres y a sus vecinas con su cuerpo. Temerosa al fin, aceptó nerviosamente a Kassim.
   No más sueños de lujo, si embargo. Su marido -hábil artista aún- carecía completamente de carácter para hacer una fortuna. Por lo cual, mientras el joyero trabajaba doblado sobre sus pinzas, ella, de codos, sostenía sobre su marido una lenta y pesada mirada, para arrancarse luego bruscamente y seguir con la vista tras los vidrios al transeúnte de posición que podía haber sido su marido.
   Cuanto ganaba Kassim, no obstante, era para ella. Los domingos trabajaba trabajaba también, a fin de poderle ofrecer un suplemento. Cuando María deseaba una joya -¡y con cuánta pasión deseaba ella!- trabajaba él de noche. Después había tos y puntadas al costado; pero María tenía sus chispas de brillantes.
    Poco a poco el trato diario con las gemas llegó a hacerle amar la tarea del artífice, y seguía con ardor las íntimas delicadezas del engarce. Pero cuando la joya estaba concluida -debía partir, no era para ella- caía más hondamente en la decepción de su matrimonio. Se probaba la alhaja, deteniéndose ante el espejo. Al fin la dejaba por ahí, y se iba a su cuarto. Kassim se levantaba a oír sus sollozos, y la hallaba en la cama, sin querer escucharlo.
    -Hago, sin embargo, cuanto puedo por ti -decía él al fin tristemente. 
    Los sollozos subían con esto, y el joyero se reinstalaba lentamente en su banco.
    Esas cosas se repitieron tanto que Kassim no se levantaba ya a consolarla ¡Consolarla! ¿De qué? Lo cual no obstaba para que Kassim prolongara más sus veladas a fin de un mayor suplemento.
    Era un hombre indeciso, irresoluto y callado. Las miradas de sus mujer se dtenían ahora con más pesada fijeza sobre aquella muda tranquilidad.
    -¡Y eres un hombre, tú! -murmuraba.
    Kassim, sobre sus engarces, no cesaba de mover los dedos.
    No eres feliz conmigo, María -expresaba al rato.
    - ¡Feliz! ¡Y tienes el valor de decirlo! ¿Quién puede ser feliz contigo?... ¡Ni la última de las mujeres!... ¡Pobre diablo! -concluía con risa nerviosa, yéndose. 
    Kassim trabajaba esa noche hasta las tres de la mañana, y su mujer tenía luego nuevas chispas que ella consideraba un instante con los labios apretados. 
    -Si... ¡No es una diadema sorprendente!... ¿Cuándo la hiciste?
    -Desde el martes -mirábala él con descolorida ternura-; mientras dormías, de noche...
    -¡Oh, podías haberte acostado!... ¡Inmensos, los brillantes!
    Porque su pasión eran las voluminosas piedras que Kassim montaba. Seguía el trabajo con loca hambre de que concluyera de una vez y apenas aderezada la alhaja, corría con ella al espejo. Luego, un ataque de sollozos:
    -¡Todos, cualquier marido, el último, haría un sacrificio para halagar a su mujer! Y tú... y tú... ¡Ni un miserable vestido que ponerme tengo!
    Cuando se franquea cierto límite de respeto al varón, la mujer puede llegar a decir a su marido cosas increíbles. 
    La mujer de Kassim franqueó ese límite con una pasión igual por lo menos a la que sentía por los brillantes. Una tarde, al guardar sus joyas, Kassim notó la falta de un prendedor, cinco mil pesos en dos solitarios. Buscó en sus cajones de nuevo.
    -¿No has visto el prendedor, María? Lo dejé aquí.
    -Si, lo he visto.
    -¿Dónde está? -se volvió extrañado.
    Su mujer, los ojos encendidos y la boca burlona, se erguía con el prendedor puesto.
    -Te queda muy bien -dijo Kassim al rato-. Guardémoslo.
    María se rió.
    -¡Oh, no! Es mio. 
    -¿Broma?...
    -¡Si, es broma! ¡Es broma, sí! ¡Cómo te duele pensar que podría ser mio!... Mañana te lo doy. Hoy voy al teatro con él.
    Kassim se demudó.
    -Haces mal... podrían verte. Perderían toda confianza en mí.
    -¡Oh! -cerró ella con rabioso fastidio, golpeando violentamente la puerta. 
    Vuelta del teatro, colocó la joya sobre el velador. Kassim se levantó y la guardó en su taller bajo llave. Al volver, su mujer estaba sentada en la cama. 
    -¡Es decir, que temes que te la robe! ¡Que soy una ladrona!
    -No mires así... Has sido imprudente nada más.
    -¡Ah! ¡Y a ti te la confían! ¡A ti, a ti! Y cuando tu mujer te pide un poco de halago, y quiere... ¡Me llamas ladrona a mí! ¡Infame!
    Se durmió al fin. Pero Kassim no durmió.
    Entregaron luego a Kassim para montar, un solitario, el brillante más admirable que hubiera pasado por sus manos. 
    -Mira, María, qué piedra. No he visto otra igual. 
    Su mujer no dijo nada; pero Kassim la sintió respirar hondamente sobre el solitario.
    -Un agua admirable -prosiguió él-: costará nueve o diez mil pesos.
    -¡Un anillo! -murmuró María al fin.
    -No, es de hombre... Un alfiler.
    A compás del montaje del solitario, Kassim recibió sobre su espalda trabajadora cuanto ardía de rencor y cocotaje frustrado en su mujer. Diez veces por día interrumpía a su marido para ir con el brillante ante el espejo. Después se lo probaba con diferentes vestidos.
    -Si quieres hacerlo después... -se atrevió Kassim un día-. Es un trabajo urgente.
    Esperó respuestas en vano; su mujer abría el balcón.
    -¡María, te pueden ver!
    -¡Toma! ¡Ahí está tu piedra!
    El solitario, violentamente arrancado del cuello, rodó por el piso.
    Kassim, lívido, lo recogió examinándolo, y alzó luego desde el suelo la mirada a su mujer.
    -Y bueno, ¿por qué me miras así? ¿Se hizo algo tu piedra?
    -No- repuso Kassim. Y reanudó en seguida su tarea, aunque las manos le temblaran hasta dar lástima.
    Tuvo que levantarse al fin a ver a su mujer en el dormitorio, en plena crisis de nervios. La cabellera se había soltado y los ojos le salían de las órbitas.
    -¡Dame el brillante! -clamó-. ¡Dámelo! ¡Nos escaparemos! ¡Para mí! ¡Dámelo!
    -María... -tartamudeó Kassim, tratando de desasirse.
    -¡Ah! -rugió su mujer, enloquecida-. ¡Tú eres el ladrón, miserable! ¡Me has robado mi vida, ladrón, ladrón! ¡Y creías que no me iba a desquitar... cornudo! ¡Ajá! Mírame... No se te ha ocurrido nunca, ¿eh? ¡Ah! -y se llevó las dos manos a la garganta ahogada.
    Pero cuando Kassim se iba, saltó de la cama y cayó de pecho, alcanzando a cogerlo de un botín.
    -¡No importa! ¡El brillante, dámelo! ¡No quiero más que eso! ¡Es mío, Kassim, miserable!
    Kassim la ayudó a levantarse, lívido.
    -Estás enferma, María. Después hablaremos... acuéstate.
    -¡Mi brillante! 
    -Bueno, veremos si es posible... Acuéstate.
    -¡Dámelo!
    La crisis de nervios retornó.
    Kassim volvió a trabajar en su solitario. Como sus manos tenían una seguridad matemática, faltaban pocas horas ya para concluirlo.
    María se levantó a comer, y Kassim tuvo la solicitud de siempre con ella. Al final de la cena su mujer lo miró de frente. 
    -Es mentira, Kassim -dijo.
    -¡Oh! -repuso Kassim, sonriendo-, no es nada.
    -¡Te juro que es mentira! -insistió ella.
    Kassim sonrió de nuevo, tocándole con torpe caricia la mano y se levantó para proseguir su tarea. Su mujer, con las mejillas entre las manos, lo siguió con la vista.
    -Ya no me dice más que eso... -murmuró .
    Y con una honda náusea por aquello pegajoso, fofo e inerte que era su marido, se fue a su cuarto.
    No durmió bien. Despertó, tarde ya, vio luz en el taller; su marido continuaba trabajando. Una hora después Kassim oyó un alarido.
    -¡Dámelo!
    -Sí, es para ti; falta poco, María -repuso presuroso, levantándose. 
    Pero su mujer, tras ese grito de pesadilla, dormía de nuevo.  
    A las dos de la mañana Kassim pudo dar por terminada su tarea; el brillante resplandecía firme y varonil en su engarce. Con paso silencioso fue al dormitorio y encendió la veladora. María dormía de espaldas, en la blancura helada de su pecho y su camisón.
    Fue al taller y volvió de nuevo. Contempló un rato el seno casi descubierto y con una descolorida sonrisa apartó un poco más el camisón desprendido.
    Su mujer no lo sintió.
    No había mucha luz. El rostro de Kassim adquirió de pronto una dureza de piedra y suspendiendo un instante la joya a flor del seno desnudo, hundió, firme y perpendicular como un clavo, el alfiler entero en el corazón de su mujer.
    Hubo una brusca apertura de ojos, seguida de una lenta caída de párpados. Los dedos se arquearon, y nada más.
    La joya, sacudida por la convulsión del ganglio herido, tembló un instante desequilibrada. Kassim esperó un momento; y cuando el solitario quedó por fin 
perfectamente inmóvil, se retiró, cerrando tras de sí la puerta sin hacer ruido.
    
  
  

sábado, 30 de abril de 2016

BIOGRAFÍA DE HORACIO QUIROGA. 

    Horacio Silvestre Quiroga, escritor uruguayo, nace el 31 de diciembre del año 1878; sus padres fueron Prudencio Quiroga y Pastora Fortaleza.  En 1879 la familia va a una chacra en San Antonio Chico, donde a la vuelta de una excursión fallece Prudencio Quiroga, esta es la primera muerte en la biografía del autor.
Doce años después, Pastora Fortaleza se casa con Ascencios Barcos, quien luego de quedar afásico e inválido se suicida (segunda muerte en la vida de Quiroga).
    Horacio Quiroga cursa sus estudios secundarios en el Instituto Politécnico de Salto y en el Colegio Nacional de Montevideo. Durante un tiempo se dedica al ciclismo, funda en Salto una sociedad ciclista de la que es “secretario y factótum”. También, despiertan su entusiasmo la química y la fotografía.
    Teniendo la mayoría de edad, forma  con Alberto J. Brignole, Julio J. Jaureche y José Hasada la comunidad de los “tres mosqueteros”; suelen reunirse en una casa deshabitada donde declaman sus composiciones.
    En el año 1898, conoce a María Esther. Se estrena en el periodismo literario donde colabora en el semanario salteño Gil Blas donde se halla su primera publicación. Después de 1899 funda la Revista de Salto, que subtitula: Semanario de Literatura y Ciencias Sociales.
    En 1900 viaja a París donde no le va muy bien, vuelve a  su ciudad natal y luego parte a Montevideo donde funda el Consistorio del Gay Saber. 
Al año siguiente Quiroga pierde dos hermanos. En noviembre de ese año, aparece impreso en El Siglo Ilustrado y dedicado a Lugones “Los arrecifres de coral”. En 1902 Quiroga mata a Federico Ferrando, su amigo, por accidente; al poco tiempo abandona la ciudad de Montevideo.  Un año después viaja a Misiones como fotógrafo; en 1904 publica “El crimen del otro” y un año después “Los perseguidos”.
    En 1910 se casa con Ana María Cirés, con quien se va a vivir a Misiones; allí nacen sus hijos Eglé y Darío. Durante estos años su producción literaria continúa. Cuatro años después su esposa se quita la vida.            
En 1916 viaja a Buenos Aires acompañado de sus dos hijos; y al año publica “Cuentos de amor, de locura y de muerte”. En 1918 se editan sus “Cuentos de la Selva”, y a los dos años La Nación publica “El hombre muerto”; El hogar “Tacuara-Mansión” y la editorial Cooperativa Buenos Aires su libro “El Salvaje”.   
En 1921 se edita “Anacónda” y en 1926  publica “Los desterrados”. Al año se casa con María Elena Bravo con la cual tiene una hija, también viaja a Misiones con ellas.En 1935 aparece “Más allá”. Dos años después, culmina la vida del escritor.

                                                                                 
Algunas obras del autor

1901 “Los arrecifres de coral”                                             1921 “Anaconda”
1904 “El crímen del otro”                                                     1924 “El desierto”        
1905 “Los perseguidos”                                                        1925 “La gallina degollada y otros cuentos”     
  “Historia de un amor turbio”                                              1929 “Pasado amor”
1917 “Cuentos de amor, de locura y de muerte”             1935 “Más allá”
1920 “El salvaje”, “Los sacrificados”